viernes, julio 01, 2011

Y QUÉ TAL SI UNIDOS BUSCAMOS LA SOLUCIÓN DEFINITIVA


Por Rafael Portacio*


No obstante a los pronósticos, la constante se mantiene, es decir, continúa el cambio climático, que como su nombre lo indica, no es un cambio nada súbito ni gratuito, es la manifestación acumulada de la madre tierra a las desavenencias en contra de ella, muchas intencionales y otras colaterales por nuestras omisiones, acciones y abusos. En todo caso, una manifestación tan latente como la vida de este planeta.

Este no es el tema en discusión, sin embargo, es un preámbulo que nos debe inducir a remirar los paradigmas hasta hoy existentes en torno a la realidad de un tema transversal en nuestras vidas como lo es el riesgo de desastres, concepto y punto de partida mínimo para aproximarnos al discernimiento de lo que afecta a más de 200 millones de personas en el planeta y de manera más cercana a cerca de 29 de los 32 departamentos de nuestro país, en donde amenazas hidrometeorológicas catalogados como ‘Fenómeno de la Niña’, arremeten con hostilidad nuestras poblaciones, generando en lo corrido del año, más de 400 víctimas mortales, pérdidas económicas y materiales, sin contar intangibles afectaciones psicosociales.

Frente a todo este panorama complejo, ampliamente conocido por todos, el Atlántico ha engrosado notoriamente las estadísticas señaladas; pese a ello, la dinámica de acción-reacción ante la emergencia es fundamentalmente reactiva y asistencialista, lo cual no permite generar cambios estructurales, por tal motivo, las amenazas se seguirán materializando en emergencias y desastres cada vez mayores donde las capacidades operativas del Estado y de sus organismos de emergencia serán infructuosas. Por otro lado, los recursos destinados a la reconstrucción serán depositados en ‘barriles sin fondos’ y lo peor, las vulnerabilidades institucionales, políticas, sociales y culturales, entre otras, seguirán creciendo.

En medio de este panorama desalentador, las organizaciones e instituciones como la Iglesia católica tenemos un reto; se constituye básicamente en la adopción de la Gestión del Riesgo del Desastre como un instrumento proactivo, con una media para nuestro sistema administrador desalentadora, pues por cada $1 (un) peso que se invierta en prevención, el ahorro en atención es 10 (diez) veces menor, de igual forma, nos lleva a comprender que el asistencialismo comunitario debe ser gradualmente sustituido por gestión comunitaria.

Se sugiere que la cultura del riesgo debe permear los sectores de la sociedad, especialmente las comunidades más vulnerables, ya que en última instancia, serán siempre primeros respondientes y finalmente este enfoque induce a quienes toman las decisiones en nombre del pueblo a replantear las prácticas clientelistas y corruptas por acciones encaminadas a la reducción de la vulnerabilidad fiscal como una forma eficiente de reducir los riesgos del desastre.

A partir de las anteriores reflexiones, la observación demarca toda una serie de lineamientos con los cuales las instituciones y las comunidades deberán apuntar al aumento de su capacidad de resiliencia, entendida como: “la capacidad de un sistema, comunidad o sociedad potencialmente expuesto a amenazas para adaptarse, resistiendo o cambiando, con el fin de alcanzar o mantener un nivel aceptable en su funcionamiento y estructura determinada por el grado en que el sistema social es capaz de organizarse para incrementar su capacidad de aprender de desastres pasados a fin de protegerse mejor en el futuro y mejorar las medidas de reducción de los riesgos" (EIRD de las Naciones Unidas, Ginebra, 2004). En este contexto, la consigna ante las amenazas presentes y venideras será que la sociedad reflexione y reaccione en torno a unas directrices plenamente discutidas y concertadas en el escenario global, como son:

1) Garantizar que la reducción del riesgo de desastres sea una prioridad nacional y local con una sólida base institucional para su implementación: Por ello, el tema no debe asumirse como coyuntural o temporal, en virtud de que las mayores pérdidas del país han girado en torno a este tema. Así, la inversión en la promoción de la Cultura del Riesgo no debe ser escatimada y mucho menos reservada exclusivamente a la atención de la emergencia, ya que esta inversión permitirá rectificar los círculos viciosos implementados.

Por otra parte, los planes de desarrollo, instrumentos de ordenamiento, planes locales de emergencia y contingencia, deben tomar más que nunca vigencia, aterrizándolos al contexto de las realidades.

Finalmente, el concepto de un desarrollo sostenible no se debe convertir en sofismas. De este modo, la propuesta en el departamento, será impulsar escenarios multisectoriales donde se unifiquen estrategias integrales de reducción del riesgo, garantizando de manera obligatoria la participación de las comunidades.

2) Conocer el riesgo y tomar medidas: Solamente en la medida en que conozcamos el riesgo, podemos enfrentarlo, es por ello que la inversión pública, científica e institucional, deben reorientarse al estudio exhaustivo de amenazas, generando en contraposición estudios, modelaciones, instrumentos de ordenamiento y estimulando la organización de Sistemas de Alertas Tempranas. El rol de la academia, la cual está convocada a ser un actor vital en la investigación exhaustiva del riesgo: “Es mejor estar preparado para algo que pueda ocurrir, a que ocurra algo para lo cual no estábamos preparados”.

3) Desarrollar una mayor comprensión y concientización: El hecho de que la comunidad y las organizaciones en general asuman su rol en la medida de organizarse en comités barriales por ejemplo, es una muestra fidedigna de cómo podemos generar conciencia del riesgo.

De esta manera, las administraciones deberán trascender en garantizar la extensión del tema a todo nivel de escolaridad. Los actores difusores como medios de comunicación, no deben limitar su accionar en la narración de noticias. Un accionar trascendental más contributivo pudiera estar en anunciar y denunciar el desempeño normativo en esta materia, contribuyendo a que el sistema en general sea más eficiente en su accionar.

4) Reducir el riesgo: El hecho de que las infraestructuras vitales como nuestras viviendas, escuelas, puentes, entre otros, sean menos vulnerables a las amenazas o por ejemplo, el simple hecho de respetar los causes de los arroyos, al no convertirlos en vertederos de escombros y basuras, seguirán siempre siendo maneras de reducir riesgo. Esto implicará cambiar en gran medida los patrones de relación con el entorno, donde entendamos por fin que, sólo en la medida de conservar y cuidar la naturaleza, la reducción del riesgo se dará de manera recíproca.

5) Preparación para la emergencia: Proponemos desde la Iglesia, la generación de sinergias intersectoriales donde no sólo estaremos en capacidad de enfrentar los eventos adversos, sino también tendremos la capacidad de sobreponernos con mayor rapidez ante las pérdidas y los daños. En este sentido, estamos en mora por ejemplo, de impulsar simulacros combinados en aquellos sectores y municipios donde las vulnerabilidades son latentes y las amenazas no pueden ser desconocidas.

Ante las anteriores consideraciones, claramente referenciadas en el Marco de Acción de Hyogo, coincidimos nuestro enfoque de gestión del riesgo desde Iglesia y explícitamente desde el Secretariado de Pastoral Social de la Arquidiócesis de Barranquilla, aprovechando la invitación para que continuemos analizando de cerca todas las orientaciones estructuradas, pero carentes de espíritu de no ser implementadas.

*Secretariado Pastoral Social Arquidiócesis de Barranquilla

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