lunes, abril 16, 2007

DE LA SEMANA SANTA A LA PASCUA DE RESURRECCION


UN DIALOGO CON EL ARZOBISPO DE BARRANQUILLA

La violencia que en estos momentos afronta nuestra Patria y el mundo entero, es un motivo más que suficiente para unirnos en reflexión y oración en torno al maravilloso misterio de la liberación que nos ofrece Cristo y encontrar así, en esta Semana Santa, respuestas que nos animen a seguir luchando para que renazca la esperanza de la paz.

Kairós decidió abordar al Pastor de la grey católica atlanticense, monseñor Rubén Salazar Gómez, para conocer sus apreciaciones sobre la Semana Mayor, enmarcada en el mundo de hoy, y poder así llevar a nuestros lectores un mensaje que contribuya a la comprensión de cada día de esta Semana y, a la vez, motive una vivencia verdaderamente gozosa de la Pascua de Resurrección.

Kairós: Teniendo en cuenta que el cristiano de hoy está expuesto a una avalancha publicitaria de propuestas de descanso, vacaciones y placer para los días que se avecinan, ¿qué significado debe tener entonces la Semana Santa?
Arzobispo: La Semana Santa siempre es una gracia que el Señor nos da porque nos permite ahondar en el sentido mismo del misterio pascual de Cristo, es decir, de su muerte y de su resurrección. Y ahondar no solamente en un sentido espiritual, sino sobre todo existencial. Es una celebración litúrgica y como toda celebración litúrgica hace presente a Cristo que se entrega por nosotros y que nos da su Espíritu para que podamos transformar nuestra vida. Entonces, el cristiano de hoy tiene que ser más consciente de esa realidad: o toma estos días como unas vacaciones, como un tiempo de descanso, o los aprovecha para acercarse más al misterio fundamental de su fe. Yo los invitaría a que tomaran la segunda opción e incluso, si salen a otros lugares, que participen allí de las celebraciones litúrgicas para que no se pierdan de este momento de gracia.

Kairós: En este año jubilar que se vive en la Arquidiócesis de Barranquilla, ¿qué especialidad tiene la Semana Mayor?
Arzobispo: El sentido propio que tiene la Semana Santa se potencia con la realidad del Jubileo Arquidiocesano, porque el Jubileo es todo un tiempo de gracia y si dentro de ese tiempo de gracia tenemos otro tiempo especial de gracia que es la Semana Santa, que es la celebración especialmente del Triduo Pascual, pues sin duda que se potencian los dos y se complementan para que cada uno de nosotros pueda aprovechar al máximo este don del Señor, este don que es misericordia, que es bondad para cada uno de nosotros.

Kairós: Mirando la situación de nuestro país, una situación que parece no mejorar sino enredarse cada día más, ¿qué reflexión estamos llamados a hacer durante estos días?
Arzobispo: Celebrar a Cristo Nuestro Señor, muerto y resucitado por nosotros, es descubrir la realidad del amor, del amor en todas sus implicaciones. Si Él nos ha amado hasta el extremo de entregar su vida por nosotros y, por lo tanto, nos ha amado para transformarnos y hacer de nosotros criaturas nuevas capaces de amar, tenemos entonces que empezar a vivir intensamente esa realidad del amor hacia los demás y esto, indudablemente, significa una corresponsabilidad frente a nuestra Patria. No podemos seguir indiferentes ante las situaciones de injusticia, de violencia, de deterioro que se presentan, sino que tenemos que ver en qué medida cada uno de nosotros puede contribuir a que esas situaciones cambien definitivamente.

EL SIGNIFICADO DE CADA DÍA SANTO

Kairós: Los ramos y las banderas, la escenificación de la entrada de Jesús a Jerusalén en un borrico, entre otras cosas, pueden desvirtuar el verdadero sentido del Domingo de Ramos...
Arzobispo: El sentido profundo del Domingo de Ramos es anticipar lo que se va a celebrar en el Triduo Pascual. El Triduo Pascual es viernes, empezando la víspera del jueves (que litúrgicamente ya es como si fuera viernes), sábado y domingo. En el Triduo Pascual se celebra la muerte y la resurrección del Señor. El Domingo de Ramos anticipa esa celebración, en un cierto sentido, con la procesión jubilosa de los ramos en la que se aclama a Cristo como nuestro Salvador. Pero, inmediatamente, la Liturgia nos invita a adentrarnos en el misterio de la pasión y la muerte del Señor a través de las lecturas y toda la celebración eucarística. Por eso, el Domingo de Ramos es una síntesis previa que tiene que movernos intensamente a vivir la realidad del Triduo Pascual.

Kairós: Lunes, Martes y Miércoles Santo ¿Qué pasa en estos días?
Arzobispo: No pasa especialmente nada. Son los últimos tres días de la Cuaresma. Recordemos que la Cuaresma culmina con la celebración del Jueves Santo en la tarde, y ya esa celebración forma parte del Triduo Pascual. Entonces, son como los últimos días de Cuaresma que debemos aprovechar para hacer un balance de cómo hemos vivido todo este tiempo de gracia que el Señor nos ha regalado y entremos en esa tónica de silencio, de reflexión, de meditación, de contemplación del misterio pascual.

Kairós: Se ha acostumbrado en nuestra Arquidiócesis celebrar la Misa Crismal en uno de estos días. Coméntenos sobre esta importante celebración litúrgica.
Arzobispo: La Misa Crismal nos invita a tomar consciencia de que toda la vida de la Iglesia, de la Iglesia precisamente como signo e instrumento de salvación, depende de la muerte y de la resurrección de Cristo, es decir, del misterio pascual. Por eso, en esa misa se bendicen los óleos con los cuales se van a administrar los diferentes sacramentos y con los cuales el Señor va a poder continuar a través del tiempo y del espacio las obras salvadoras, el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal. Todos estos sacramentos, que son esenciales para la vida de la Iglesia, prácticamente nacen de esa celebración. Y, por otra parte, precisamente porque estamos viviendo esa realidad, los sacerdotes renovamos nuestros compromisos; es un momento de gracia privilegiada para cada uno de nosotros, los que hemos participado del sacramento del orden. Este año la Misa Crismal está programada para este martes a las 10:00 de la mañana, en nuestra Catedral.

EL TRIDUO PASCUAL

Jueves Santo
Ya al caer la tarde, el Jueves Santo nos invita a entrar en el Triduo Pascual, es decir, en la celebración de la muerte y la resurrección de Cristo. El jueves en la tarde se hace presente esa última cena del Señor con sus discípulos en la cual nos dejó el memorial de su muerte y resurrección en la eucaristía. Es un momento intenso, muy cargado de significado, porque al celebrar la institución de la eucaristía nosotros celebramos también la institución del sacerdocio como el ministerio propio para la celebración de la misma y, también, cómo en la eucaristía nosotros recibimos todo ese amor del Señor que debemos dar a los demás.

Kairós: ¿Qué nos puede decir de la Reserva del Santísimo y de esas “correrías” que la gente suele hacer durante la noche de este día?
Arzobispo: Como el Jueves Santo en la tarde se celebra la institución de la eucaristía y el Viernes Santo no se celebra la misa, entonces este día no hay consagración de ostias para que se conviertan en el cuerpo y en la sangre de Cristo, sino que hay que guardar de la celebración de la eucaristía del Jueves las ostias suficientes para que el Viernes en la tarde el pueblo de Dios pueda comulgar. Por eso, se reserva el Santísimo, se hace un acopio de esas ostias consagradas suficientes para el día siguiente y esto se guarda en un sitio para que los fieles permanezcan al lado de Cristo-Eucaristía velando, orando, estando con Él. Es un momento muy bonito desde el punto de vista litúrgico, porque es una invitación a que nosotros descubramos en la eucaristía todo el misterio de amor que encierra y, por lo tanto, para que entremos en esa tónica de amor profundo, de contemplación del amor de Dios. De ahí que no sea conveniente andar de templo en templo mirando decoraciones, si han puesto flores o si han puesto pendones, o si han adornado con cosas especiales ese lugar de la reserva, sino mas bien que nos centremos en ese misterio del amor de Cristo manifestado y perpetuado en la eucaristía.

Viernes Santo
Este es un día muy solemne. En liturgia se dice que es “alitúrgico” en el sentido que no se celebra propiamente la eucaristía, sino que es una celebración en la tarde -hacia las tres de la tarde- de la muerte del Señor Jesús; es un momento de silencio profundo, es un momento en el cual se nos invita a bajar con Cristo al reino de la muerte para poder luego, el Sábado Santo en la noche, levantarnos con Él en la gloria de su resurrección.

Sábado de Gloria
El sábado es un día en el que no se celebra absolutamente nada estrictamente hablando, porque estamos todo el día en el silencio profundo de ese descenso de Cristo que hemos celebrado el Viernes en la tarde. Ya en la noche, litúrgicamente ya domingo, celebramos la resurrección del Señor. Pero el sábado como tal es un día de silencio, también es un día de ayuno si lo queremos hacer para prepararnos verdaderamente a la resurrección del Señor.

Kairós: Monseñor, ¿y qué nos puede decir de la Vigilia de Resurrección del Señor que se celebra este día?
Arzobispo: Es la celebración por excelencia de la resurrección del Señor. Nosotros sabemos que cada vez que celebramos la eucaristía estamos celebrando la muerte y la resurrección de Cristo. Pero ese sábado en la noche se ilumina de manera especial la historia del mundo, a veces sumida en la oscuridad, y se ilumina con la luz de la resurrección de Cristo. Por eso, es una eucaristía con una solemnidad especial, con una introducción muy bella que verdaderamente nos hace sentir la alegría profunda de la resurrección del Señor, en la cual la luz de Cristo ilumina la noche y nos libra de las tinieblas para trasladarnos definitivamente a la luz de la verdad, del amor, de la fraternidad. Luego celebramos la eucaristía con toda la solemnidad, porque es la afirmación clara y la constatación en nuestra vida de que por el bautismo nosotros hemos pasado con Cristo de la muerte a la vida y, por eso, tenemos que vivir siempre una vida llena de la luz misma de Cristo Resucitado, una luz que significa necesariamente vivir en el amor; un amor concreto, un amor de solidariedad, un amor de justicia para con los demás.

Kairós: Bueno, y llega la Pascua. ¿Cómo sentir a ese Cristo vivo en cada uno de nosotros y vivirlo desde el valor de la justicia?
Arzobispo: Eso no es posible sino por la fe, porque la fe es la adhesión plena de corazón a ese Señor muerto y resucitado por nosotros. La fe es la que nos hace posible adentrarnos en ese misterio, celebrarlo como es debido y recibir los frutos de esa celebración. El misterio pascual es eso, es pasar de la muerte del pecado a la vida de Cristo. Y la vida de Cristo es el amor. Por eso, nosotros tenemos que tener muy en cuenta que ese amor debe realizarse en nuestra vida de todos los días en una forma muy concreta, en todos esos valores que nosotros hemos venido trabajando a lo largo del año alrededor del valor de la justicia. Amor es la justicia misma y la justicia es el respeto a los demás, la búsqueda permanente de la verdad, el reparar las ofensas, la capacidad de vivir en familia la realidad misma de las relaciones honestas... Es decir, nosotros debemos tener en cuenta que ser resucitado con Cristo implica la adopción de un nuevo estilo de vida, esa vida que el mismo Señor nos regala por medio de su Espíritu.

Que esta Semana Santa nos conduzca a vivir intensamente la Pascua de Cristo haciéndola nuestra, para que descubramos en su gloriosa resurrección el amor de Dios Padre por la humanidad.

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