lunes, abril 16, 2007

¿POR QUE HAY CATOLICOS QUE SE VAN A OTRAS CONFESIONES?

Por CLOTARIO HEMER CERVANTES, Pbro.
Párroco Unidad Pastoral Santísima Trinidad


En el anterior artículo de la antepasada edición (la número 155), decíamos que la fe de los hermanos que dejaban la Iglesia Católica para ir en busca de otros credos o confesiones o filosofías, generalmente era una fe sin recursos para dar testimonio de la verdad del evangelio en el seno de la Iglesia Católica.

Me atrevería a decir que esos hermanos, biológica y psicológicamente llegaron a la edad del matrimonio, pero religiosamente se quedaron en la edad de la primera comunión. Pudiéramos decir que analizamos la clase de fe que tenían esos hermanos cuando fueron sorprendidos. La pregunta de hoy es: ¿Por qué se van? ¿Qué provoca su ida? Partimos del hecho, (a no ser que ustedes quieran llamarlo supuesto), de que estos hermanos tienen fe ciertamente, pero una fe incipiente. Ya la carta a los Hebreos habla de esta clase de fe cuando dice: “Sobre este particular tenemos muchas cosas que decir, aunque difíciles de explicar, porque os habéis hecho tardos de entendimiento. Pues debiendo ser ya maestros en razón del tiempo, volvéis a tener necesidad de ser instruidos en los primeros rudimentos de los oráculos divinos, y os habéis hecho tales que tenéis necesidad de leche en lugar de manjar sólido. Pues todo el que se nutre de leche desconoce la doctrina de la justificación” (5, 11-13). Con esa fe de primera comunión, sin embargo, es posible que los grandes interrogantes humanos, que no afloraron en casa porque nadie los cuestionaba o porque no se dio la oportunidad, van a hacer explosión frente a un pastor que les dice que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, que los efectos del calentamiento de la tierra como son las tempestades, los sismos y las demás tragedias naturales son señales de la proximidad del juicio final y hasta es posible que los convenzan de que poseen un espíritu maligno.

Las ocasiones para encontrarse con estos interrogantes son muchísimas: los medios de comunicación, amigos o amigas, una revista, un libro, un familiar que asiste al culto y muchos otros. Al contacto con estos ambientes afloran también otros interrogantes que nunca aparecieron antes, tales como: ¿En qué parte de la Biblia se dice que Cristo nombró papas? ¿Que María es la madre de Dios? ¿Que hay que “adorar” imágenes? ¿Que hay que darle culto a la cruz? ¿Que tengo que decirle mis pecados a un hombre pecador? Ataques religiosos de esta índole son ya conocidos, son paquetes bien elaborados que la Iglesia Católica ha tenido que afrontar a lo largo de los siglos junto con otros de categoría dogmática a lo largo de la historia por todos los que, por rebeldía o por otras razones, se apartaron de la Iglesia, y de otros nuevos que se van añadiendo cada vez que se produce una nueva secta. Pues estos temas son los preferidos con que los hermanos separados, evangélicos, testigos de Jehová y tantos otros, abordan a muchos indefensos católicos.

Acontece en esto algo parecido a lo que ocurre con el sexo, que en el hogar o en la familia no se les da ninguna formación a niños y jóvenes, todo es silencio y tabú, hasta que, al contacto con el mundo exterior, reciben una presentación defectuosa de la sexualidad. Por lo demás, son personas de buena voluntad con deseos de buscar a Dios, de salvarse o de ahondar en estos temas y que tal vez en casa no se les dio la debida importancia. El cuestionamiento de todo lo católico, especialmente del Papa a quien suelen llamar “el anticristo” y de la Virgen Santísima, a quien tratan de “moniconga”, se hace en forma tan apasionada y violenta que la víctima queda confundida e indefensa, y tiene que pasar a cuidados intensivos, porque con esta primera estrategia, prácticamente le cierran el camino de vuelta a la Iglesia católica para las consultas o aclaraciones del caso, pues la autoridad de la Iglesia queda por el suelo, invalidada. El lavado de cerebro es tan certero que el neo-converso queda con una verdadera “fobia” contra el catolicismo, por un lado, y con un fervor sectario por otro. En cuidados intensivos se le suministran al neófito “todas las verdades” que no conoció en la Iglesia Católica y él, a partir de ese momento, en que “encontró a Cristo”, se siente “el hermano” entre los hermanos, con nombre propio, “el hermano Teófilo”, y en un tejido de relaciones interpersonales calurosas, ya no es el creyente anónimo, como cuando iba a misa por rutina, sin entender el rico simbolismo de la liturgia católica, y en la cual estuvo seguramente comulgando codo a codo, durante diez o más años, al lado de otros fieles, sin llegar nunca a conocerse de nombres o a entablar relaciones personales.

Esto no es nuevo, porque ya desde el nacimiento mismo de la Iglesia, tras un desarrollo acelerado en los dos primeros siglos de existencia, la Iglesia tuvo necesidad de una rigurosa estructuración en todos los aspectos de su vida, incluso en la formulación de su Teología, como ya puede apreciarse en todos los documentos del Nuevo Testamento distintos de los evangelios (lea 1 Cor 12, 4-31; 1 Pe 5, 1-5; Gal 2, 1-5; He 2, 42-47). También tuvo que enfrentar sectas que surgían en el seno mismo de las comunidades cristianas (lea 1 Tim 1, 3-7. 18-20; 3, 1-13; 4, 1-6. Sería bueno leer la 1ª y 2ª carta a Timoteo). De igual forma, a lo largo de dos mil años de existencia la Iglesia ha tenido que afrontar cismas y herejías que la han desgarrado, pero que no han podido destruirla. El Concilio Vaticano II dice que la Iglesia camina en la historia entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios. Decía todo esto para entender la diferencia entre pertenecer a la Iglesia Católica, institucionalizada hasta en los más pequeños aspectos, y pertenecer a una confesión religiosa local, que no es propiamente iglesia sino una comunidad de culto, carente de una jerarquía y de una organización bastante rígidas. En estas todavía no hay impersonalismo, anonimato, el trato entre los integrantes de la secta es “cara a cara”. Quien sabe qué pasará si el desarrollo de estas denominaciones llegara a crecer tanto que se volvieran masivas.

Hemos analizado, pues, a hermanos católicos que por cualquier camino llegaron a otras confesiones religiosas, quedaron fuertemente impresionados por la forma como les presentan el rostro de la Iglesia católica y allí empezaron a recibir una atención especial que los hizo sentirse queridos y seguros, con lo cual dan el paso: abandonar la Iglesia católica. A ellos se les puede aplicar lo que dice el profeta Jeremías (2, 13): “Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen”.

En resumen, un católico de edad adulta pero con fe de primera comunión, por cualquier circunstancia, se encuentra frente a alguien que le hace cuestionamientos concretos fuertes sobre su fe católica y le garantiza que sólo él tiene la llave de la salvación, queda convulsionado y en estado agónico y es llevado a cuidados intensivos de donde sale repuesto y convencido de que ya está salvo; que al abrazar la secta ya se cuenta entre los ciento cuarenta y cuatro mil signados del Apocalipsis, (Ap 7, 2-4) pero con un odio inexplicable a la Iglesia Católica.

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