lunes, abril 23, 2007

EDITORIAL

ABRIR EL CORAZÓN AL RESUCITADO

Con la Pascua el Señor nos invita, a través de la Iglesia, a dejar todas aquellas actitudes de muerte, dolor, miseria... Dejar la tumba oscura y fría del desamor, del maltrato a los niños, de las separaciones, de la ambición. La Pascua nos enseña a descubrir algo especial en cada situación, persona, lugar o tiempo.

Vivir sin el Señor es rutinizarnos, apagar el deseo de vivir, caer en depresión. El Señor resucitado le da sabor a nuestra existencia, la alegra, la entusiasma. Cualquiera que sea la limitación humana: ceguera, parálisis; así como cualquier enfermedad o limitación económica, adquiere un nuevo horizonte si abrimos el corazón al amor del Resucitado.

El Señor ha resucitado y con Él todos los creyentes. Las historias y narraciones suelen mostrar a reyes que triunfan junto con su pueblo. Con la Victoria de Jesús todos somos victoriosos, por ello resuena el himno del Gloria y el Aleluya. La tristeza y el llanto son vencidos y arde nuestro corazón por ir y anunciar a los demás esta gran noticia: ¡Es verdad, el Señor ha resucitado!

Es mucho lo que la teología nos ha compartido en torno a los evangelios sobre el sentido de la resurrección, pero sobre todo la liturgia, a través de este tiempo pascual, nos coloca frente a las experiencias de las primeras comunidades cristianas. Los Hechos de los Apóstoles manifiestan los signos claros, el Señor es la Palabra, el Señor es el santo sacrificio y, sobretodo, el Señor es la Comunidad reunida que comparte sus bienes y testimonia con palabras y hechos el amor del Resucitado.

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