miércoles, julio 22, 2009

De Mujer a Mujer

¡La dulzura de vivir las Bienaventuranzas!

Por Jaynes Hernández Natera

La dulzura del amor de Dios se vive al potencializar nuestro deseo de amar y ser amados, siguiendo así, la voluntad de Dios: amarnos entre nosotros como hermanos, hijos de un mismo Padre.

Es fácil amar viviendo entre los brazos amorosos de Dios, encontrando sentido a la felicidad dentro de la verdadera vida cristiana. Las Bienaventuranzas son la miel que endulza las lágrimas de los que sufren, consuelo del beso dulce de Dios a los que viven perseguidos por causa de Su Nombre, son el abundante manjar con que se enriquecen los pobres de espíritu y son las que animan a continuar en el camino hacia la madurez espiritual y la santidad.

¿Qué son las Bienaventuranzas?
Son el dulce anuncio gozoso de las condiciones que hacen posible el seguimiento del camino del Reino de Dios después de habernos encontrado con Él.

Los destinatarios de las Bienaventuranzas somos todos, nos llama a conocer cómo ser felices. La Gracia que Dios nos da, nos basta para confiar que si Él vive en nosotros, seremos dichosos, sin importar la situación que estemos viviendo y podremos cantar: ¡Cristo Vive en mí, aleluya!, ¡Cristo vive en mí, que dicha, que maravilla!”. El Espíritu y el amor de Dios nos despiertan, mueven, llenan, fortalecen y nos mantienen en esperanza, con una fe sólida para obtener la libertad interior de vivir las Bienaventuranzas, para comprometernos en la lucha por una sociedad más justa, con un profundo sentimiento de fraternidad universal y para ser eco de Su amor como instrumento de Su paz.

La vocación a las Bienaventuranzas
Con este llamado, ocurre igual que con las otras vocaciones, creemos que son otras las personas llamadas. Imagina que vas en la fila para recibir la Eucaristía y oyes la voz de Jesús en tu corazón y te dice: “hija bienaventurada, siéntete dichosa, recíbeme con un corazón abierto, abre tus oídos, es a ti a quien estoy llamando, para vivir en tí, conmigo comprenderás lo que es ser pobre de espíritu, mansa, generosa; te estoy llamando a la verdadera expresión del amor evangélico, con mi Gracia podrás cumplir la verdadera voluntad de Dios Padre, haremos morada en tí la Trinidad Santa, no te subestimes, ni te dejes engañar, el manjar de mi dulzura está rebosando. No dudes que te estoy llamando, apóyate en mi madre María, madre de Bienaventuranza y te será más fácil aceptar este llamado”.

Habiendo fallado, por la debilidad de caer en la tentación, por las impurezas de nuestros pensamientos y obras, en ocasiones nos preguntamos: ¿qué haremos si no hemos sido mansos, ni pobres de espíritu?; no debemos resignarnos a que el equipo de los Bienaventurados está completo, tenemos posibilidad de intentar ingresar a éste. Ánimo amiga, que Dios no cesa de llamarnos a la conversión, al arrepentimiento, a través de la puerta del perdón con el sacramento de la confesión.

Así nació en mí la inquietud de conocer las Bienaventuranzas
Recuerdo de adolescente cuando viajaba en un bus intermunicipal, escuché la conversación de la banca de atrás entre dos mujeres y un hombre. La impresión que me llevé era que se trataba de docentes de colegios públicos a quienes les habían cancelado el pago por la prestación de sus servicios. No tenía otro motivo en el cual centrar mi atención, por lo cual inevitablemente terminé afinando el oído y escuchando la entretenida y festiva charla que llevaban. “Bienaventurados los que le pagaron de dos meses en adelante”, dijo una jocosamente, parecía que hubiesen leído alguno de los textos que hablan de las Bienaventuranzas, porque la otra mujer insistió: “me siento bienaventurada porque ya me habían cerrado la cuenta en la tienda”. Y su amigo les respondió diciendo: “¡ah, ¿y ustedes se creen eso?, eso es una excusa para que los pobres y oprimidos no luchen por sus derechos, convirtiéndolos en una masa de marionetas del sistema!”. Terminó así manifestando éste su desacuerdo, aminorando la alegría que ellas llevaban.

En aquel momento no estaba preparada, pero hoy de volver a vivir un episodio así, diría que las Bienaventuranzas son la carta magna del cristianismo y es a la vez el corazón de la doctrina social de la Iglesia, pues con Jesús, por amor a Él, la Iglesia le ama en cada persona doliente, marginada, sufrida necesitada de su amor y le acompaña a descubrir que son amados por Dios y por la Iglesia. Como dice 2 Corintios 12, 9: “Te basta mi Gracia; la fuerza se realiza en la debilidad, y así comprendan los débiles y sufrientes, que en la debilidad son fuertes por Cristo, porque Él transforma nuestra debilidad en fortaleza”.

¿Cuál es tu historia?
Inténtalo o ayúdale a otra persona para que endulce su vida al inquietarse por conocer y vivir las Bienaventuranzas. Toma papel y bolígrafo, redacta tu historia o diseña un plan para que tus conocidos se inquieten. Un ejemplo: sacar fotocopias de los textos: Mateo 5: 1-10 y Lucas 6:20-26, regalarle a una amiga o amigo con un dulce, y escribirle: “¿Quieres aprender a saborear la dulzura de vivir las Bienaventuranzas?, sí quieres, compartamos un rato”.

Recuerda lo que dejemos de hacer por alguien, es una omisión de amor. Continuará...

*Miembro de la Comisión de Pastoral Vocacional.

1 comentario:

sofia dijo...

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Un abrazo fraterno
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