miércoles, julio 22, 2009

¿Son necesarios los sacerdotes en la vida de la Iglesia? Por Juan Ávila Estrada, Pbro* “¿Por qué son necesarios los sacerdotes? Porque Cristo es necesario.” En un mundo que exalta el valor de lo light y lo instantáneo, también el mundo del espíritu y de la fe ha estado bajo la amenaza de lo facilista, efímero y superficial. Por ello, solemos encontrar con demasiada frecuencia quienes están seguros que para llegar a Dios es innecesario y hasta un estorbo todo aquel o aquello que quiera hacerlo presente en el mundo.

Todos quieren constituirse en puentes propios para llegar a Dios como si eso fuera posible. Es más, se desea que no exista siquiera un camino que nos conduzca hasta Su presencia, sino que basta el deseo de estar en Él para que eso sea una realidad. Todo lo que huela a mediación, puente o camino debe ser bombardeado para que el acceso a la divinidad sea inmediata y producto de la propia capacidad o bondad humana. A veces estamos tan seguros de nosotros mismos que olvidamos las palabras de Jesús cuando afirma: “Nadie puede llegar al Padre sino es por medio del Hijo…”

En este sentido, podemos entonces comprender que la mediación de Cristo es condición ABSOLUTAMENTE necesaria para que el hombre llegue a una comunión perfecta con Dios. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera mostrar.” El conocimiento e intimidad con Dios es gracia de Su Hijo Jesús. La eternidad de Su sacerdocio le da la mediación absoluta para realizar con Dios una alianza perfecta que beneficia al hombre de todos los tiempos. Cristo es necesario porque Dios es necesario y sin Dios el hombre nunca alcanzará el objetivo de su vida. Pero este sacerdocio ÚNICO de Jesucristo se ha prolongado en el sacerdocio que dejó en Su Iglesia. Este sacerdocio no es paralelo ni clon del sacerdocio del Señor, sino una participación de Su ministerio. En la Iglesia se ejerce el mismo sacerdocio de Jesús y la enorme responsabilidad que ha dejado ha sido precisamente que permitamos a través de este gran tesoro, ayudar a que muchos lleguen a Dios y sirvamos efectivamente como instrumento para llegar a Él.

No estamos, pues, ante una usurpación de la actividad de Cristo y de Su acción salvadora; por el contrario, estamos ante el cumplimiento de Su deseo de acercar a todos los hombres a Dios. Es necesario entonces el sacerdote porque Cristo es necesario. Nunca nos ha abandonado a nuestra suerte, sino que asegura Su presencia mediante el ejercicio del ministerio sacerdotal en la Iglesia. Mirar al sacerdote, es mirar el ministerio de Jesús; su obra de santificación y de sanación se continúa en el tiempo y en el espacio. Pero esta convicción sólo lo da la fe y confianza en todo aquello que nos ha dicho el Maestro.

Del mismo modo como muchos dudaron de la mediación de Jesús y de Su cercanía al Padre, así muchos dudan hoy que un sacerdote nos acerque a Dios. Ante esta duda muchos prefieren optar por erigirse a sí mismos como embajadores de su propia causa ante Dios.

Tiene que ser para todos muy diciente la subsistencia del sacerdocio católico en estos 2000 años. Nunca ha hecho Dios una obra para que sea efímera, sino para que permanezca para siempre, porque siempre necesitará el hombre de la santificación de Dios. La mentalidad individualista que ha cultivado la sociedad, la idea pregonada de que el hombre todo lo puede, ha hecho tanta mella en su vida que ha querido hasta salvarse a sí mismo mediante la virtud. El hombre que busca salvarse a si mismo es la mentalidad de muchas sociedades. Ante este panorama, cualquier mediación o mediador es innecesaria. ¿Para qué mediadores si el hombre es capaz de Dios? Es que la salvación del hombre pasa necesariamente a través del hombre y quien quiera llegar a Dios debe llegar también a los hermanos.

El sacerdote es pues, un hombre sacado de entre los hombres para santificar a los hombres en nombre de Jesucristo. Esta acción santificante busca dar sentido a todo lo que el hombre es y hace. Desde que nace y crece hasta que se enamora y enferma hasta morir. Por ello Dios santifica por medio del sacerdocio el dolor y la enfermedad (Unción de los enfermos), el amor de los esposos (Matrimonio), el nacimiento de los niños (Bautismo), el desarrollo en el crecimiento en la fe (Confirmación), devuelve la gracia en el pecado (Reconciliación) y concede el Pan de vida eterna (Eucaristía).

Esta gracia del Señor a Su Iglesia debe llenarnos a todos de profundo regocijo. Tenemos al “hombre de la Palabra”, el que lleva consuelo en el sufrimiento y enciende una luz de esperanza en medio de las tinieblas. Somos administradores, no dueños de esta multiforme Gracia de Dios. Así como Cristo se dedicó a hacer la voluntad del Padre y repetir aquello que le había escuchado a Él, nosotros sólo enseñamos lo que le hemos escuchado a Cristo y hemos aprendido a Sus pies, para que todos aquellos que crean y se bauticen por medio de Él alcancen la salvación. El sacerdote hace realidad en el hoy la salvación y santificación de Dios. Sin sacerdotes no habría Eucaristía y el mundo se vería privado de aquel que es el Pan de eternidad.

Sea la oportunidad para que nos unamos a todos los sacerdotes de la Iglesia, especialmente los que santifican nuestra comunidad particular y oremos por cada uno de ellos para que sean en su corazón, según el modelo de Dios.

*Párroco de San Carlos Borromeo y Padre Nuestro

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